
Se supone que en la Antigüedad el hombre ya usaba ciertas especies de hongos como alimento. Sin embargo, fue Teofrastro, considerado el padre de la micología griega, quien mencionó por primera vez a los hongos en su Historia de las plantas.
Esta alusión desafió las opiniones que negaban el carácter vegetal de las setas, fundándose en el hecho de que carecen de clorofila. Si bien el estudioso griego no se ocupó del aspecto alimenticio, sus conclusiones fueron de avanzada ya que en pleno siglo XVI se creía aún que las trufas eran esperma de ciervos en celo.
En la cocina romana, por su parte, los hongos eran muy apreciados, sobre todo la oronja y el boletus edulis, conocido en España como boleto comestible o seta de Burdeos.
Durante la Edad Media se produjo un enorme retraso en materia gastronómica y los hongos desaparecieron de las comidas urbanas.
Sólo en la época de Luis XIV reaparecieron tímidamente en los recetarios franceses y dejaron de ser un alimento rústico. Aún así, en España, por ejemplo, hasta bien entrado el siglo XX sólo era un manjar delicado en las zonas rurales catalanas y vascas. En cambio en Francia, Alemania e Italia desde un siglo antes ya se consideraba a los hongos como un insumo importante en el arte culinario.
Comer o no comer
Aún hoy no es posible precisar reglas para diferenciar los hongos comestibles de los venenosos. Por eso, ante la menor duda hay que optar por la abstención total, ya que se ha comprobado que los métodos caseros de hervir los hongos con un ajo o con una moneda de plata para verificar si son comestibles, no son eficaces ni confiables.